Preludio

La música se expresa a través del sonido, pero el sonido, no es en sí mismo música sino tan sólo el contenido de la música. 

Fuente. La música despierta el tiempo. Daniel Barenboim

Nuestros pensamientos adoptan la forma de palabras; por lo tanto, las palabras escritas en la página deben competir con las palabras que hay en nuestra mente. La música dispone de un universo de asociaciones mucho más amplio precisamente por su naturaleza ambivalente: existe en el mundo, pero también fuera de él. 

En el mundo actual, la música tiene una omnipresencia cacofónica en restaurantes, aviones y lugares parecidos, pero es justamente dicha omnipresencia la que representa el mayor obstáculo para la integración de la música en nues­tra sociedad. Ninguna escuela eliminaría de su programa educativo el estudio del lenguaje, de las matemáticas o de la historia, pero el estudio de la música, que abarca tantos aspectos de estos campos e incluso puede contribuir a en­ tenderlos mejor, a menudo se ignora por completo. 

Creo firmemente que es imposible hablar sobre música. Se han propuesto muchas definiciones de la música que, en realidad, se limitan a describir una reacción subjetiva ante ella. A mi juicio, la única definición precisa y objetiva de verdad es la de Ferruccio Busoni, el gran pianista y com­positor italiano, quien dijo que la música es aire sonoro. Se trata de una definición que lo dice todo y que, al mismo tiempo, no dice nada. Por otra parte, Schopenhauer veía en la música una idea del mundo. En la música, como en la vida, en realidad sólo es posible hablar sobre nuestras propias reacciones y percepciones. Si intento hablar sobre música, es porque lo imposible me ha atraído siempre más que lo difícil. Si esta empresa tiene algún sentido, intentar lo imposible es, por definición, una aventura, y me brinda una sensación de actividad que encuentro atractiva en gra­do sumo. Además, tiene la ventaja de que el fracaso no sólo se tolera, sino que es lo esperado. Por lo tanto, intentaré lo imposible y procuraré establecer algunas conexiones entre el contenido inexpresable de la música y el contenido inex­presable de la vida.

¿Acaso no es la música, al fin y al cabo, una mera colec­ción de sonidos bellos? En un tratado muy adelantado a su tiempo en múltiples sentidos, Pensamientos sobre la educa­ción, publicado en 1692, John Locke escribió: 

Se cree que la música tiene ciertas afinidades con la danza, y mu­cha gente concede un gran valor a tocar bien algunos instrumen­tos. Sin embargo, alcanzar al menos un dominio moderado de su ejecución exige a los jóvenes derrochar tanto tiempo, y a menudo los obliga a frecuentar tan extrañas compañías, que muchos piensan que sería mejor liberarlos de esa tarea. Y tan pocas veces he oído que entre los hombres de talento y de negocios a alguno se lo alabara o se lo estimase por su excelencia musical, que entre todas las cosas que caber en una lista de logros me parece que ésta debería ocupar el último lugar. 

John Locke

En la actualidad, la música todavía suele ocupar el último lugar en nuestros pensamientos sobre la educación. ¿Es de verdad la música algo más que una cosa muy agradable o emocionante de oír y que, por su poder y elocuencia, nos ofrece herramientas formidables con las que podemos olvidar nuestra existencia y los quehaceres de la vida cotidiana? Por supuesto, a millones de personas les gusta llegar a casa tras un largo día de trabajo, poner algo de música y olvidarse de los problemas que han tenido que afrontar a lo largo de la jornada. Sin embargo, sostengo que la música nos brinda una herramienta mucho más valiosa, con la que podemos aprender cosas sobre nosotros mismos, sobre nuestra sociedad, sobre la política: en resumen, sobre el ser humano. Casi dos mil años antes que John Locke, Aristóte­les tenía una concepción mucho más elevada de la música, a la que consideraba una contribución valiosa para la edu­cación de los jóvenes:

Pues nos dedicamos a la música no sólo para aliviar la carga del pasado, sino también a modo de entretenimiento. ¿Y quién pue­ de decir si, al tener este uso, no ha de tener también otro más no­ble? […] El ritmo y la melodía proporcionan imitaciones de la cólera y la bondad, y también del valor y la prudencia, y de to­das las cualidades contrarias a ellas, y de otras cualidades de ca­rácter que no difieren tanto de los de los afectos auténticos, como sabemos por nuestra propia experiencia, pues al escuchar tales so­nidos nuestra alma experimenta un cambio […] Ya se ha dicho suficiente para mostrar que la música tiene el poder de formar el carácter y que, por lo tanto, ha de introducirse en la educación déla juventud. Aristóteles, Política, libro 8, sección V.

Aristóteles, Política, libro 8, sección V.

Examinemos en primer lugar el fenómeno físico que nos permite experimentar una obra musical, a saber, el sonido. Aquí encontramos una de las mayores dificultades a la hora de definir la música: la música se expresa a través del soni­do, pero el sonido no es en sí mismo música, sino tan sólo el medio por el que se transmite el mensaje o el contenido de la música. Cuando describimos el sonido, a menudo lo hacemos en términos de color: hablamos de un color bri­llante u oscuro. Se trata de una apreciación muy subjetiva; lo que para uno es oscuro resulta brillante para otro, y vice­versa. Sin embargo, el sonido tiene otros elementos que no son subjetivos. Constituye una realidad física que puede y debe observarse de modo objetivo. Al hacerlo, advertimos que desaparece al detenerse; es efímero. No es un objeto, como una silla, que podamos dejar en una habitación va­cía y con el que nos encontramos al volver a ella, tal como la dejamos. El sonido no permanece en el mundo: se des­vanece en el silencio.
El sonido no es independiente: no existe por sí mismo, sino que tiene una relación permanente, continua e inevitable con el silencio. En este sentido, la primera nota no es el comienzo, sino que surge del silencio que la precede. Si el sonido guarda una relación con el silencio, ¿de qué clase es dicha relación? ¿Domina el sonido al silencio, o vicever­sa? Tras una cuidadosa observación, advertimos que la relación sonido y silencio es el equivalente a la relación entre un objeto físico y la fuerza de la gravedad. Un objeto que se eleva desde el suelo precisa cierta cantidad de energía para mantenerse a la altura a la que ha ascendido. Sino al suelo, en virtud de las leyes de la gravedad. De modi muy parecido, si no prolongamos el sonido, cae en el silencio. El músico que produce un sonido lo era literalmente al mundo físico. Asimismo, si no proporciona energía suplementaria, el sonido muere. Y tal vez aquí tengamos la primera indicación clara del contenido de la música: la desaparición del sonido por su transformación en silencio es la manifestación de su ser limitado en el tiempo. 


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