La composición de una obra musical suele implicar dos fases; primero debe surgir la idea musical o inspiración, posteriormente y casi por regla general hay que escribirla. Parece obvio pero creedme que he conocido a muchos alumnos y/o potenciales músicos que se pasan la vida viviendo en la eterna musa, o idea o nube… de la que jamás salen, y claro, se todo se queda en eso, en la idea, no queridos, la idea hay que pasarla al papel, o a la pantalla si usas una app. “Componer” significa “juntar” o “combinar”, traducido, idea + papel (o pantalla).

¿Cómo surge la “idea”?
De tantas formas como compositores existen, sí así es, no hay receta, la musiquilla puede llegar a la mente del compositor después de una experiencia, un altibajo sentimental (les encanta), un encargo, la petición de un colega, la escucha de otras “músicas”, o simplemente después de un rato de lectura, que dependiendo del tipo de texto, éste puede condicionar la intensidad del motivo musical.
Ahora empieza la construcción musical, el saber y la técnica se ponen en marcha y en teoría las notas fluyen — ¡ja! , dijo el compositor—. El conocimiento de la forma es importante, puede tratarse de una sinfonía, una fuga o una sonata. También lo es la armonía, el efecto de una modulación, el dominio de la repetición, la variación, el desarrollo, la reducción o la disminución de un motivo, o cómo configurar el rotundo final de una obra.

Se puede y como músico se debe aprender a componer, utilizando estas herramientas incorporándolas en el quehacer diario de nuestra vida como músicos y alumnos de música. Esto se consigue a través del estudio y la formación en materias como teoría y armonía. Incluso finalizado el periodo de formación, tenemos que continuar con el intensivo estudio. Un buen ejemplo de ello es el W. A. Mozart, que tras conocer la música música de J. S. Bach y su Clave bien temperado, se dedicó de nuevo a realizar ejercicios elementales de composición durante los últimos años de su vida. Estos estudios intensivos se reflejan de un modo fascinante en el último movimiento de su Sinfonía en Do mayor, conocida como Sinfonía Júpiter. En su final se escucha una fuga grandiosa gracias al increíble dominio de la reglas del contrapunto.
